Concurso de Microrrelatos
MARÍA JOSÉ ENRECH FRANCÉS (La sombra del Dr-No)
En la ciudad gris, alguien corría hacia mí, perseguido por soldados extraordinariamente equipados. Nos chocamos y con una energía inusual me estampó sobre la fuente. Una mirada furiosa y escapó. Empapado intenté seguir, pero una extraña fuerza me retenía. Salió el sol y allí estaba: Su sombra pegada a mí, acechándome.
- El Dr-No no es nadie sin mí, yo guiaba sus pasos.
- Lárgate.
- Ni lo sueñes. Necesito un cuerpo para actuar, ahora me perteneces.
Me agarré de un tronco y arrancándolo de cuajo me precipitó sobre los coches.
- Te destruiré a menos que obedezcas. ¿Entiendes? Nos miramos cara a cara. Su rostro oscuro, perverso...
Una nube. La sombra se desvanecía y arremetí de bruces contra la estatua. ¡Plasshhh! Yo, tendido en el asfalto y la sombra del Dr-No atada a la piedra para siempre.
¡Oh, no! Una paloma se posa sobre la estatua... ¿Y ahora qué?
GUADALUPE FERNÁNDEZ ESPINOSA (Atracón de Mortadelos)
- Mire, el ascensor me ha subido al piso doscientos.
- ¿Y?
- Que el edificio sólo tiene quince.
- ¡Oiga! ¡Este teléfono es para emergencias! ¡Libere la línea e informe al portero de la avería del marcador!
- Pero es que...
Cuelgan bruscamente. El pasajero aprieta el botón de bajada. Nada. Titubeante, sale a una sala diáfana con magníficas vistas. ¡Anda! ¡Si hay gente! ¡Ah! ¡Esa cara le suena! ¿Pero...?
- ¡Abuela! ¿Qué haces aquí?
- Pues como todos, esperando para subir. -La ancianita señala con el dedo hacia arriba y sonríe beatíficamente.
- ¡No me digas! ¿Estoy...?
- No. La que está muerta, como sabes, soy yo. Esto te pasa por leer hasta tarde.
Se sienta a charlar con ella. Al fin y al cabo, otra ocasión como esa difícilmente se repetirá.
Mientras, en una viñeta, el Súper se horroriza mientras el profesor Bacterio exclama:
- ¡Funciona! ¡Por una vez funciona!
GUADALUPE FERNÁNDEZ ESPINOSA (Poniéndose al día)
- ¿Recuerda a Rigoberto, que se había independizado? Ha vuelto con sus padres. No podía con la hipoteca.
- ¿El de la novia con apodo ridículo? ¿Curru... no sé qué...?
- Curruquita. Le dejó. Espera trillizos con un artista nigeriano.
- ¿Trillizos? ¡Si debe tener más años que la tanana!
- Un tratamiento de fertilidad.
- ¡Qué barbaridad! ¿Y su mamá? Era muy estirada...
- En una residencia de la Comunidad, con demencia senil.
- ¡Los Cielos nos libren! ¡Si parece que a todo el mundo le va regular tirando a mal!
- Pues la asistenta, Eufemia, triunfa en una tertulia de telebasura. Y el sobrino se hizo gótico, tiene un exitazo de blog y lleva piercings y calaveras tatuadas.
- Me dejas pasmada...
Continuaron charlando entre sorbos de café con pastas, poniéndose al día, hasta que llegó la hora de despedirse.
- Cuídese mucho.
- Adiós, Caramillo.
- Adiós, Doña Urraca.
MIGUEL ÁNGEL GAYO SÁNCHEZ (El novato)
La llamada recibida en la centralita alertó a los efectivos disponibles. El servicio recayó en el conductor novato, un joven deseoso de servir a la comunidad.
Rememorando a los idolatrados superhéroes de su infancia, el novato se enfundó el chaquetón protector, los guantes térmicos y el casco integral dispuesto a emular a aquellos extraordinarios seres. Y como Batman, condujo a velocidad extrema por calles prohibidas sin respetar señales ni luces, pero cuando divisó el bloque de pisos y alzó la vista, los gritos desde la décima planta marcaron su objetivo. La mala suerte quiso que el ascensor se encontrase averiado, así que llegó exhausto y sudoroso.
Fue ya con el deber cumplido cuando descubrió que le habían robado la motocicleta. Y aunque esto conllevaba el despido fulminante, se sintió henchido de gozo por haber entregado a tiempo las pizzas familiares de pepperoni y doble mozzarella en aquella concurrida fiesta.
BÁRBARA HERNÁNDEZ BENITO (Mudanza)
Una nube de polvo se dispersó por la habitación al depositar una caja en el suelo, haciendo toser brevemente a la mujer que allí se encontraba. Con un suspiro, miró alrededor de sí misma poniendo los brazos en jarras; aún le quedaba mucho que desempaquetar.
Sentándose en el suelo, abrió otra caja, sorprendiéndose al encontrar los vivarachos ojos de Astérix observándola desde su interior. Con cariño, como el que encuentra unas fotos que ya creía perdidas, cogió el cómic y empezó a hojearlo. Pasaron por su mente recuerdos de tardes lluviosas leyendo cómo los galos resistían al invasor, Iznogoud pergeñaba planes para ser califa en lugar del califa y los Dalton realizaban fechoría tras otra.
Sonriendo, cogió todos los ejemplares que encontró dentro de aquella caja y se acomodó contra la pared al lado de la calefacción, tal y como leía entonces. La mudanza podía esperar.
JUAN JOSÉ HIDALGO DÍAZ (El gran partido)
- Joder, siempre igual -dijo el del escudo.
- Eh, que el que pinchó la otra era de vuestro equipo -respondió el que olía a pescado.
- Os avisé que no sirvo de portero -susurró el canadiense, fumándose un puro.
- Se retrasa, ¿no? -comentó la mujer de perfil griego, jugueteando con su látigo.
- A saber dónde la ha mandado esta vez -respondió el que vestía mallas rojas y azules, llenas de telarañas.
- La última vez casi destruye el planeta de los Shi'ar -señaló el que tenía un rayo en el pecho.
- Suerte que tenemos buenas relaciones con ellos -comentó el calvo en silla de ruedas.
- Algunos mejor que otros -soltó el de verde, tocándose el anillo.
- ¿Y si pasamos de él y nos tomamos unas copas? -propuso el vikingo del martillo.
- Apoyo la moción -dijo el de la capa negra-. A ver si así Superman aprende a no chutar tan fuerte.